lunes, 3 de diciembre de 2012
viernes, 17 de agosto de 2012
La chica que creía en los espejos
viernes, 15 de junio de 2012
La mujer líquida
Morí lentamente, secamente con inconciencia sobre mi estado ya que de repente empezó a salir agua de mí, a borbotones, por todos lados, por cada resquicio de mis huesos, por los ojos, por mi espalda por todas las partes en que una mujer puede destilarse, exprimirse, resecarse en este otoño gris que me encuentra desaguándome, yo que nunca fui un desagüe para nadie, me sentí débil, frágil, desorientada, líquida sin voz.
Fue un derretimiento masivo de mi ser que comenzó de forma abrupta cuando comprendí cuan complaciente fui con mis entornos, cuanto me costó ser esa chica buenita y dicharachera, esa suerte de personaje sonriente y solícito mientras las solicitudes jamás salían de mi boca.
Me fui líquidamente, dejando salir esos fluidos que decían lo indecible de mi angustia, de los fantasmas que me persiguen, de las dudas que me carcomen ante ciertas incertidumbres. Sigo fluyendo entonces, me depuro: agredo y así no agrado. Me sale agua por las manos, por los ojos, por los pies. ¿Me deshidrato?
No pretendas química conmigo: por ahora soy como una fórmula en pleno estado de ebullición. Puedo apagarme o estallar. Por ahora sólo eso: mientras me muero, renazco.
viernes, 13 de abril de 2012
"La chica que creía en los espejos", en la prensa
Los relatos de Trotamundos se hicieron libro
jueves, 26 de enero de 2012
Las tres marías

Guardo un preciado secreto en mi piel. Un tesoro recóndito que surgirá cuando alguien conozca el mapa hacia ese sitio oculto que puede desencadenar un espectáculo maravilloso, que se suscita pocas veces en la vida y que me une inexorablemente al firmamento. Pocas veces alguien acarició ese rincón aterciopelado de mi cuello, debajo de mi larga cabellera en donde se esconden tres minúsculos lunares alineados en perfecta simetría.
Fue durante una agradable noche de primavera, en la que se acercaba mi cumpleaños número dieciséis. Entorné los ojos, los besaste, y luego acariciaste mis lunares ocultos y dijiste: “llevás a Las Tres Marías tatuadas en vos”. En aquel preciso instante miramos hacia arriba y una lluvia de estrellas fugaces se derramó sobre nosotros como mermelada, implacables en la negrura nocturna del cielo del campo. Lloramos de emoción y felicidad embelesados y bobos ante ese alud de lucecitas que coronaba nuestro encandilamiento adolescente. Me tomaste la mano con emoción sin percibir el temblor de mis rodillas de alambre. Eso era el amor para nosotros.
Aún tengo ese tatuaje en mi piel a la espera de quien despierte otra vez aquella implosión de luces y colores fugaces que destella en el cielo. Para ello vasta una caricia certera y sentida en estos tres puntitos míos que portaré para siempre. ¿Tengo estrellas en mí o ya soy parte de las estrellas? Las muy pícaras regresan cuando te pienso. Me iluminan el sin rumbo haciendo más llevadero el áspero camino de todo adulto en su eterno retorno a la niñez, al primer beso, y al primer amor: el más dulce y tierno cuya huella, si es de las buenas, deja marcas indelebles.