“Existen muchos desmontes ilegales en Entre Ríos y a partir de ahora no hay más excusas para supervisar la tala de árboles ilegal”, dijo el coordinador de la campaña de bosques de Greenpeace, Hernán Giardini, quien celebró la reglamentación de la norma y remarcó que “proteger los pocos bosques que quedan en Entre Ríos” es central para la entidad.
En diálogo con AIM, Giardini manifestó que desde Greenpeace se sienten “muy contentos” por la aprobación de la normativa y destacó que “esto fue posible gracias a la movilización de la gente y el millón y medio de firmas que se juntaron para impulsar la iniciativa”.
Asimismo, subrayó que el teléfono rojo gigante y las tres cabinas telefónicas ubicadas entre los lobos marinos de la rambla de Mar del Plata, “recibieron más de mil llamadas por día pidiendo avances en la regulación y eso hizo que el proceso se acelerara”.
“Más allá de las críticas a la reglamentación que realizamos, lo importante es que las provincias apliquen la normativa de manera correcta”, sostuvo, ya que “si las provincias no respetan el ordenamiento de las áreas naturales no pueden emitir permiso de desmonte”, apuntó.
“Entre Ríos debe respetar la normativa”
En ese marco, Giardini señaló a esta Agencia, que es de esperar que Entre Ríos “aplique la normativa, ya que en el Consejo federal de medio ambiente, las provincias se comprometieron a concluir con el ordenamiento en julio”.
A ello agregó, que si las provincias respetan lo establecido recibirán un subsidio de más de un millón de pesos al año, previsto para que se mejoren los controles: “existen muchos desmontes ilegales en Entre Ríos y a partir de ahora no hay más excusas para supervisar la tala y el desmonte ilegal”.
Los pasos de la ley
Por otra parte, Giardini recordó que la ley de Bosques “tuvo dos años de discusión en el Congreso, y Greenpeace venía luchando desde hacía mucho tiempo para que se realicen estos ordenamientos”.
“En una oportunidad, el diputado (Miguel) Bonasso presentó una ley relacionada con bosques nativos y por aquel entonces, junto a otras organizaciones ambientalistas, presentamos propuestas para mejorar ese proyecto de la cámara de Diputados”, puntualizó.
“Hubo que esperar un año y dos meses para que se reglamente la ley, y por eso fue que comenzamos a movilizarnos con más fuerza, ya que el año pasado no existieron tantas repercusiones”, detalló y agregó que el alud que días atrás asoló a los habitantes de Tartagal, en Salta, fue el puntapié final para la reglamentación de la norma.
Giardini agregó que es optimista en cuanto a que “se respete la decisión de la sociedad que quiere que los bosques estén protegidos y se conserven estas superficies para las generaciones futuras”.
Otras preocupaciones en Entre Ríos
En cuanto al panorama del medioambiente en la provincia, el ambientalista señaló que otra de las cuestiones que inquietan a Greenpeace sobre lo que sucede en Entre Ríos es la desprotección de los humedales, y la “terrible” quema de pastizales en el delta.
“El avance de las pasteras sin planificación también es una cuestión acuciante”, señaló aunque remarcó que “la protección de los pocos bosques que quedan en Entre Ríos es central para la organización”.
Ley de Bosques oficializada
El decreto reglamentario de protección ambiental de los bosques nativos ya fue publicado el Boletín oficial y en las disposiciones generales se precisan las definiciones de enriquecimiento, restauración y conservación, así como de comunidades indígenas, pequeños productores y comunidades campesinas.
El decreto lleva el número 91 y reglamenta la Ley 26.331 de presupuestos mínimos de protección ambiental para "el enriquecimiento, la restauración, la conservación, el aprovechamiento y manejo sostenible de los bosques nativos y de los servicios ambientales", se informó a esta Agencia.
Por Noralí Moreyra para AIM, www.aimdigital.com.ar
martes, 7 de julio de 2009
miércoles, 15 de abril de 2009
Dulce espera

¿Cómo serás? Hasta el momento no imaginé lo que significaría llevar una vida adentro de la mía, aunque presiento que debe sentirse como si bien adentro brotase una flor, o creciera un pequeño arroyito que se transforma en un río revuelto. Quizás sea algo tan maravilloso como ver germinar una semilla o sentir el latido de otro corazón en otro pecho. Cosas simples, cotidianas y al mismo tiempo mágicas.
Quizás se sientan mariposas en el estómago o cosquillas en el vientre. O muchas ganas de reír y de llorar o gritar. ¿Cómo serás? ¿Cuándo serás? ¿Cómo seremos?
jueves, 2 de abril de 2009
Una noche en el club El Progreso
Hacía más de 80 años que el viejo bar del Club Progreso olía a cigarrillo y whisky mezclado con vino tinto y sudor de los clientes que, cada noche, iniciaban su rutina de tragos, bochas y póker en las mesas del añejo lugar. Los puntos se contabilizaban con tapitas de plástico rojo y un mozo se acodaba en el mostrador para controlar que nadie hiciera trampa.
La dueña del lugar, de batón a la rodilla y ojotas gastadas, compartía la mesa con los jugadores y, de cuando en cuando, echaba una mirada a los nuevos clientes para preguntarles si precisaban “alguna copita”.
Hacia las 22 las jugadas se apuraban y el ambiente se tornaba más tenso. Cuando la cosa se complicaba algún jugador dejaba entrever la culata de su revólver debajo de la camisa mal arreglada.
El péndulo de un viejo reloj de pared marcaba el paso arenoso de las horas en aquel bodegón sin tiempo cuya dueña, también sin tiempo, se acomodaba de cuando en cuando los anteojos reparados con cinta de embalar. Llegada la medianoche la mujer se levantaba de su banqueta y arrimaba la puerta de madera.
En el salón contiguo al bodegón ya comenzaba a sonar la música electrónica, y se encendía la bocha de luces que iluminaba la pista de baile y el barman de torso bronceado y musculoso comenzaba a preparar tragos multicolores para la multitud de jóvenes que esperaban para ingresar al moderno pub bailable que funcionaba en otro salón del Club.
Antes de entrar, las adolescentes se apoyaban en la ventana del bodegón, sin respetar ese silencio de hospital que reinaba cuando las jugadas ya llegaban a su fin, y clavaban sus ojitos en las mesas anacrónicas.Nunca faltaba el gaucho que por deslizar la pupila en un escote perdía la partida, y comenzaban los insultos y botellazos. La paz del lugar llegaba a su fin.
Era dulce observar esa postal de luces amarillas y guapos de camisas y pantalón “de salir” intentando conservar el oasis detenido en el tiempo, que sucumbía bajo la invasión de jovenzuelos enfundados en pantalones chupines y chicas tomadas de la mano.
La última partida de cartas culminaba pasada la medianoche. Entonces, los jugadores se retiraban del salón y se mezclaban con los adolescentes hasta llegar a la salida. Algunos lugareños enfilaban para el pub y se quedaban en algún ángulo oscuro, como si quisieran pasar desapercibidos. Desde allí criticaban a la “juventú actual”, pero de pronto se acercaba una chica, que no tenía más de 18, bailando al ritmo de los Babasónicos, y los jugadores, envalentonados por el vino, estiraban la mano para acariciarle el pelo rubio. Y la chica chillaba asustada por el encuentro, tanto chillaba que el policía del pueblo, “Tulio” para los amigos, se acercaba al sitio del altercado y sacaba a los borrachos del brazo, que ya estaban más mareados que nunca con tanto lucerío. Mientras tanto la chica encendía un cigarrillo y les contaba a sus amigas lo sucedido.
Esa noche los borrachos pasaban la noche en la comisaría local, hasta que alguna de sus esposas los retiraba del calabozo e ideaba algún que otro castigo para dejar al "atrevido" en evidencia.
La dueña del lugar, de batón a la rodilla y ojotas gastadas, compartía la mesa con los jugadores y, de cuando en cuando, echaba una mirada a los nuevos clientes para preguntarles si precisaban “alguna copita”.
Hacia las 22 las jugadas se apuraban y el ambiente se tornaba más tenso. Cuando la cosa se complicaba algún jugador dejaba entrever la culata de su revólver debajo de la camisa mal arreglada.
El péndulo de un viejo reloj de pared marcaba el paso arenoso de las horas en aquel bodegón sin tiempo cuya dueña, también sin tiempo, se acomodaba de cuando en cuando los anteojos reparados con cinta de embalar. Llegada la medianoche la mujer se levantaba de su banqueta y arrimaba la puerta de madera.
En el salón contiguo al bodegón ya comenzaba a sonar la música electrónica, y se encendía la bocha de luces que iluminaba la pista de baile y el barman de torso bronceado y musculoso comenzaba a preparar tragos multicolores para la multitud de jóvenes que esperaban para ingresar al moderno pub bailable que funcionaba en otro salón del Club.
Antes de entrar, las adolescentes se apoyaban en la ventana del bodegón, sin respetar ese silencio de hospital que reinaba cuando las jugadas ya llegaban a su fin, y clavaban sus ojitos en las mesas anacrónicas.Nunca faltaba el gaucho que por deslizar la pupila en un escote perdía la partida, y comenzaban los insultos y botellazos. La paz del lugar llegaba a su fin.
Era dulce observar esa postal de luces amarillas y guapos de camisas y pantalón “de salir” intentando conservar el oasis detenido en el tiempo, que sucumbía bajo la invasión de jovenzuelos enfundados en pantalones chupines y chicas tomadas de la mano.
La última partida de cartas culminaba pasada la medianoche. Entonces, los jugadores se retiraban del salón y se mezclaban con los adolescentes hasta llegar a la salida. Algunos lugareños enfilaban para el pub y se quedaban en algún ángulo oscuro, como si quisieran pasar desapercibidos. Desde allí criticaban a la “juventú actual”, pero de pronto se acercaba una chica, que no tenía más de 18, bailando al ritmo de los Babasónicos, y los jugadores, envalentonados por el vino, estiraban la mano para acariciarle el pelo rubio. Y la chica chillaba asustada por el encuentro, tanto chillaba que el policía del pueblo, “Tulio” para los amigos, se acercaba al sitio del altercado y sacaba a los borrachos del brazo, que ya estaban más mareados que nunca con tanto lucerío. Mientras tanto la chica encendía un cigarrillo y les contaba a sus amigas lo sucedido.
Esa noche los borrachos pasaban la noche en la comisaría local, hasta que alguna de sus esposas los retiraba del calabozo e ideaba algún que otro castigo para dejar al "atrevido" en evidencia.
domingo, 15 de marzo de 2009
Cachorro

Llegaste a mi casa en una mochila y parecías una bolita de carne y pelos que lloraba sin cesar y que me mordía el dedo con una boquita desdentada y tibia. Te mimé hasta el hartazgo, te cuidé sin cesar y fuiste mi compañía incondicional durante mis ratos de soledad o en esos momentos en los que solamente necesitaba que alguien me espere en casa y se mostrase feliz con mi regreso. Fuiste el primero al que me tocó alimentar con una mamadera y cuya vida dependía de la mía. Parece mentira que hayan pasado dos años. Feliz cumpleaños querida mascota.
Espera

Ya habían probado todas las formas de detener el reloj que con cada tic-tac se llevaba un minuto más de las débiles pulsaciones que hacían latir su corazón. Hacía más de dos semanas que su agonía no dejaba dormir a ninguno de los familiares que lo observaban condolidos al borde de la cama del hospital del pueblo. Las palmas para su velorio ya estaban listas, como así también el servicio fúnebre, el traje que usaría y las oraciones que diría cada uno de los deudos al momento del adiós final, pero el abuelo no se iba. Cada noche desvariaba en su mundo de alcoholes y urinarios. Gritaba improperios a las enfermeras y movía las manos en la negrura de la habitación inmaculada. Nadie comprendía por qué se rehusaba a abandonar este mundo, ni cómo era posible que estuviese vivo si, según los médicos, ninguno de sus órganos funcionaba de forma correcta, con lo que realizaba un esfuerzo casi sobrehumano por permanecer con vida. Todas las mañanas una monja de manos pequeñas y hábito renegrido le brindaba la extremaunción, pero el abuelo no la miraba. Sus ojos estaban fijos en la ventana, por donde se veía un camino de tierra que llevaba hacia la ruta a Buenos Aires. Pasaron varias semanas y los familiares comenzaron a hastiarse de la tediosa espera y algunos se marcharon del nosocomio para no volver.
Una tarde gris, uno de los yernos se acercó al lecho del anciano enfermo: “Váyase tranquilo abuelo, que ella ya no va a venir”, cuentan que le susurró al oído, pero el abuelo seguía con los ojos fijos en la ventana, inmutable. Con lágrimas en los ojos, el yerno se marchó de la sala consciente del poder de sus palabras. Diez minutos después, y con un suspiro de angustia, el abuelo se marchaba para siempre de este mundo.
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